jueves, 7 de febrero de 2008

El peso del estrés



Denominado también en términos médicos como estado de ansiedad, el estrés está provocado por una situación externa o pensamiento que crea un desequilibrio emocional. Consecuencia de ello es que la persona se siente frustrada, furiosa o ansiosa, sensaciones generadas por el deseo de huir de la situación que lo provoca o querer confrontarla violentamente. Es difícil poder convivir con el estrés porque la vida a veces se hace de esta forma insoportable, el miedo y la ansiedad atenaza hasta las menores tareas cotidianas que, para afrontarlas, el individuo siente que tiene que realizar esfuerzos hercúleos. A ello se suma la incapacidad que surge para poder llevar una vida social normal, pues a medida que se acumula, crece la insociabilidad y el deseo de estar solo, lo que acrecienta la ansiedad y multiplica los miedos.


Se considera que el estrés en bajos niveles es positivo puesto que incentiva a la persona para realizar tareas productivas. Nuestra vida y el entorno que nos rodea se encuentra siempre en constante cambio, lo que nos exige un esfuerzo para adaptarnos, y ese bajo nivel de estrés procura mantenernos en alerta y disponernos a nuevas situaciones. Sin embargo, cuando el nivel de estrés es alto se produce la alteración psicológica del individuo que sentirá no poder afrontar los cambios que se están produciendo en su alrededor, hasta el punto que él mismo percibirá que es rechazado, no solo de parte de las personas sino también de si mismo. Cambios fisiológicos y sicológicos Ello conducirá a cambios fisiológicos que pueden llegar a ser importantes y necesitar cuidados médicos. En una situación de estrés, el cerebro activa la secreción de hormonas en la glándula suprarrenal, las cuales inician una reacción en cadena en el organismo que hace que el corazón lata de una forma más rápida, se tengan temblores y suba la presión arterial. Si el estado de estrés persiste se pueden crear problemas estomacales como úlcera o contraer arterias ya dañadas, con lo que se aumenta la presión y el consecuente peligro de contraer una angina o sufrir un paro cardíaco. Psicológicamente, el estrés tiene varios síntomas que van desde la ansiedad, irritabilidad, confusión, miedo y alteraciones del estado de ánimo. La obsesión en los mismos pensamientos generan excesiva autocrítica, olvidos, preocupación y miedo ante el futuro, dificultades en la concentración y excesivo temor al fracaso. Reacciones impulsivas, en las que se llora o se ríe nerviosamente ante cualquier situación, trato brusco o violento hacia los demás, tics nerviosos, pérdida de apetito, y en su faceta más peligrosa puede conducir al tabaquismo, al alcoholismo y otras drogas, además de existir mayor riesgo de sufrir accidentes. Lo normal es que cualquier persona pueda sufrir periodos de estrés en su vida ante situaciones que le generan mayor esfuerzo, competitividad o reto. Lo peligroso es cuando estos periodos persisten y se hacen duraderos. Es entonces cuando se deben de tomar medidas y acudir a un especialista que aminore o resuelva el estado de confusión que nos impide romper la interminable espiral en la que nos hemos visto envueltos y de la que nos vemos impotentes para salir. Antes de que llegue ese momento existen una serie de estrategias para evitar el estrés que, de llevarlas a efecto cuando nos encontramos en épocas de mayor tensión, podríamos evitar sus mayores consecuencias. 1.- Lo primero que tenemos que saber es que de vez en cuando nos merecemos un descanso, lo cual supone una actividad relajante o un viaje a otro lugar, que nos permita desconectar completamente de las tareas rutinarias y diarias que llevamos a cabo. O bien realizar ejercicios de relajación y respiración. 2.- Mantener una dieta saludable y equilibrada en la que se combine adecuadamente fruta, verdura, pescados y carnes. De esta manera serán menores las posibilidades ser tentados por vicios nocivos que solo perjudican la tensión nerviosa. 3.- Realizar ejercicio con regularidad. No es necesario que nos propongamos grandes retos en un gimnasio, basta con caminar cierto tiempo todos los días, nadar o simplemente realizar las tareas del hogar. Mantener la casa limpia y ordenada, además de realizar el aseo personal diario ayuda a mantener el equilibrio psicológico. 4.- Organizar el tiempo de cada día, suprimiendo las actividades menor importancia y escogiendo aquellas que considera que son realmente las que tiene que realizar. Aunque parezcan pequeños esfuerzos inservibles, si se llevan a cabo todos los días pronto verá los resultados.

Fuente:

La Voz

7 de Febrero de 2008



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