domingo, 23 de marzo de 2008

Las enfermedades de la emoción


La medicina psicosomática ha dejado de ser considerada una rama de segunda clase. Hoy en día la influencia de los sentimientos sobre la salud física está siendo estudiada por especialistas en todo el mundo.

1.- HIPOTÁLAMO 2.- HIPÓFISIS 3.- SUPRARREN...
Es bastante probable que al sentir cansancio físico alguien le haya dicho que está “somatizando”. Pero, ¿qué quiere decir exactamente somatizar? Puede definirse como un proceso por el cual disturbios de origen psíquico, emocional, se traducen en malestar, con o sin causa orgánica aparente. Los 10 problemas más descritos por los somatizadores son: dolor de pecho, fatiga, mareos, dolor de cabeza, hinchazón, dolor de espalda, falta de aire, insomnio, dolor abdominal y adormecimiento.
Hasta hace poco tiempo, una gran parte de los médicos occidentales relegaba estos pacientes al limbo de un área hasta entonces poco estudiada: la medicina psicosomática. Pero ese panorama ha empezado a cambiar.
Muchos médicos están dando más atención a los cuadros de somatización. Ahora buscan escuchar a los somatizadores de la forma sugerida por Maimónides, un médico moro del siglo XII: “Una consulta debe durar una hora. Durante 10 minutos, examine los órganos del paciente. En los 50 minutos restantes, analice su alma”. Con esa premisa, los médicos empezaron a ofrecer medios para tratar el padecimiento actual y evitar los futuros, en lugar de tratar de librarse de los “neuróticos”. Además, hay centros de investigación que se dedican a intentar descubrir los mecanismos por los cuales las emociones pueden convertirse en afecciones. Varios de ellos, incluso, ya fueron descubiertos.
Podría decirse que la medicina occidental está revisando el dogma de que los síntomas sólo son de estricto tratamiento si se originan en problemas físicos descritos científicamente. Esa vertiente sigue la tradición de la antigua medicina oriental, según la cual un síntoma, aun sin causa orgánica suficientemente identificada, es, en sí, un desequilibrio que puede ser curado.
Aunque existen registros de procesos de somatización desde la época del griego Hipócrates, considerado el padre de la medicina occidental, el fenómeno sólo obtuvo un nombre al inicio del siglo XX. El médico austríaco, Wilhelm Stekel, uno de los pioneros del psicoanálisis, utilizó la expresión alemana “organsprache” (“lenguaje de los órganos), para denominar síntomas físicos asociados principalmente al lado psíquico.
En la versión inglesa, el término fue traducido como “somatization”, palabra creada a partir de la raíz griega “soma”, que significa cuerpo. Actualmente, los médicos hacen una distinción entre trastorno somatoforme y somatización. El primero se caracteriza por molestias físicas recurrentes, pero sin causas detectadas por exámenes clínicos o de imagen.
Es el caso, por ejemplo, de un paciente que se queja de dolores estomacales, pero, cuando es sometido a una endoscopia, no presenta ninguna lesión en ese órgano. Para que la enfermedad sea diagnosticada como un trastorno somatoforme, es necesario que la persona tenga uno o más síntomas por un período mínimo de seis meses. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, el 20 por ciento de la población del planeta manifiesta cuadros de esta enfermedad. “Los síntomas son reales. El sufrimiento de esos pacientes no es menor que el de los que presentan problemas con causas orgánicas bien definidas”, sostiene la psiquiatra americana Lesley Allen, especialista en el asunto.
La palabra somatización, por su parte, hoy es usada específicamente para las enfermedades identificadas por medio de exámenes, desencadenadas por sobrecarga emocional. Ciertas enfermedades tienen un componente fuertemente somático. Es el caso del asma, úlceras, fibromialgia, gastritis, alergias y herpes, principalmente.
Las situaciones que más arrojan respuestas somáticas son las de estrés luego de un luto o de una separación conyugal, para no hablar de la omnipresente depresión.
“En realidad, no existe un solo sentimiento que no tenga una repercusión física. Lo que varía es la intensidad de la emoción y la vulnerabilidad del cuerpo”, afirma el psiquiatra Geraldo Ballone.
Es frecuente confundir somatización con hipocondría. Son cosas completamente diferentes. El hipocondríaco es alguien preocupado excesivamente con la propia muerte. Su miedo es tal que frecuentemente interpreta un malestar pasajero como una señal de enfermedad grave. El ejemplo perfecto es el del personaje de Woody Allen en la película Hannah y sus hermanas, que tenía la certeza de que sus dolores de cabeza eran síntoma de un tumor en el cerebro y, por eso, se sometía a tomografías como si se tomara la presión arterial.
Lo único que los somatizadores y los hipocondríacos tienen en común son las visitas frecuentes al médico. “Las somatizaciones son responsables por un número muy alto de consultas”, dice el psiquiatra José Atilio Bombana, de la Universidad Federal de São Paulo, Brasil. Se calcula que hasta la mitad de todos los gastos del sistema público de salud se deben a las somatizaciones.
Desde el punto de vista fisiológico, ya se sabe que el proceso de somatización ocurre en el eje del hipotálamo-hipófisis-suprarrenal.
Con la ayuda de la medicina molecular y exámenes de imagen de altísima precisión, se está logrando realizar mapas en detalle de los canales de comunicación entre el cerebro y los sistemas inmunológico y endocrino.
La interacción entre cuerpo y mente se da por medio de una intrincada red de hormonas, proteínas y neurotransmisores que no cesa de interactuar. Los científicos quieren definir lo que ocurre cuando hay un descompás entre el cerebro y esos sistemas, especialmente en los momentos emocionales más críticos. A pesar de que hay un largo camino por recorrer en este tema, el hecho de entender en parte cómo los sentimientos afectan al organismo, da un paso adelante rumbo a la prevención y a la cura de enfermedades típicas de la somatización.
En el campo estadístico, las evidencias de la relación entre lo psicológico y lo físico siempre fueron evitadas. Ahora ya no sucede lo mismo. Dos estudios publicados en 2007, uno en el Diario de la Asociación Médica Americana (JAMA, por sus siglas en inglés) y otro en el Archives of Internal Medicine, certifican la conexión. En el primer estudio, realizado con casi 1.000 pacientes, entre 35 y 59 años, víctimas de infarto que ejercían funciones con gran demanda emocional, se mostraron dos veces más predispuestas a sufrir un nuevo problema cardíaco.
En el segundo estudio, el profesor de psicología Sheldon Cohen, de la Universidad Carnegie Mellon, analizó 319 artículos médicos que relacionaban emociones intensas con fallas del sistema inmunológico. El especialista concluyó que tales emociones pueden acelerar el progreso incluso de enfermedades asociadas al sida. Hay también una investigación notable, llevada a cabo por médicos ingleses del London College.
Después de acompañar a 9.000 personas durante 12 años, ellos descubrieron que los que tenían relaciones íntimas marcadas por peleas y conflictos tenían un 34 por ciento más de riesgo de presentar un disturbio cardiovascular.
No se puede incurrir en el simplismo de afirmar, como hacen algunos psicólogos, que toda enfermedad tienen origen en los sentimientos.
“Pero es probable que, por determinación gené- tica, haya personas más propensas a estar enfermas por causa de emociones excesivas”, dice el psiquiatra Mario Alfredo De Marco, de la Universidad Federal de São Paulo. La misma situación puede ser más desgastante para una persona y menos para otra, no sólo por el perfil psicológico de cada una, sino por efecto de una tendencia genética para reacciones hormonales más o menos fuertes.
Factores culturales también son relevantes. Una investigación apunta a que los brasileros están entre los campeones de somatización. “Los comportamientos histriónicos o contenidos, pueden desembocar en la aparición de afecciones”, dice el psiquiatra Bombana.
Algunos estudios muestran que un buen soporte afectivo y determinados tipos de terapia psicológica son capaces de mejorar la respuesta inmunológica hasta de pacientes con cáncer. Una de las líneas de investigación más avanzadas en esa área, es la de la profesora americana Lesley Allen, quien defiende la terapia cognitivo-comportamental, asociada a técnicas de relajación, ejercicios moderados y uso de antidepresivos, para disminuir la severidad de los síntomas entre los somatizadores.
Los antidepresivos, además, han proporcionado resultados sorprendentes. Pacientes tratados con medicamentos presentaron una reducción considerable en las visitas al médico, especialmente aquellos que sufrían del síndrome de la fatiga crónica, trastorno recurrente entre los somatizadores. Otra línea de investigación también comienza a esbozarse. A inicios de noviembre, el equipo del investigador Hitoshi Sakano, de la Universidad de Tokio, creó un laboratorio de ratones que no tienen miedo a los gatos. Por medio de alteraciones genéticas, los científicos consiguieron remover determinadas células del sistema olfativo de los roedores, responsables de detectar la presencia de amenazas. Al haber sido “desconectado” ese grupo de células, los ratones se aproximaron a un gato sin manifestar temor.
Esa experiencia representa un avance en la dirección de remedios propios para el control de emociones que pueden causar problemas físicos. No se trata de satanizar el lado emocional.
Tanto los sentimientos buenos como los malos fueron –y son– fundamentales para la preservación de la especie, como demostró el naturalista inglés Charles Darwin, el primero en estudiar la influencia de las emociones instintivas en el proceso evolutivo. Si éstas nos trajeron hasta aquí, comprenderlas puede llevarnos aun más lejos del punto de vista de la salud física. A falta de la píldora mágica que todo suavice o controle (y con la cual soñaba hasta el mismo Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis), nos corresponde a todos evitar ser poseídos por sentimientos que reafirmen el sufrimiento físico. Expresarlos sin miedo es un buen camino, aunque hay que reconocer que dicho así, parece simple, practicarlo es lo difícil.

Fuente:

Vistazo

21 de Marzo de 2008



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