lunes, 10 de agosto de 2009

El arte de pescar pareja



El deporte de la caña y la captura de una pareja tienen semejanzas. Autoestima, conversación y algo de seducción deben encontrarse entre el utillaje.
Los meses veraniegos no sólo son propicios para el fichaje de jugadores de fútbol por parte de los clubes. Con las vacaciones y el calor también se abre otro mercado, el de la pareja, para los millones de singles que todavía no han encontrado a su media naranja.

“La actitud con la caña y la calidad del sedal son nuestras armas, pero el momento de lanzar el anzuelo es clave para el éxito”
En su libro Los hombres son como peces, Steve Nakamoto hace un símil entre el arte de pescar y el esfuerzo que supone para una persona soltera encontrar a la pareja adecuada. Asegura, por ejemplo, que en la pesca y el amor existe “la suerte del principiante”, por lo que recuperar la inocencia perdida es una de las medidas para atraer a personas de calidad humana.
‘Kit’ del pescador sentimental
La mejor manera de hacerte pescador es ir al río y pedirle que te dé unas cuantas lecciones” (Gwen Cooper)
Los diferentes utensilios de la pesca, así como los momentos clave de este deporte, son para Nakamoto un valioso aprendizaje para encontrar el pez del amor y evitar las malas prácticas que asustan a nuestra posible captura:
Caña de pescar. Se asocia a la autoestima, ya que para ganarse la confianza de alguien, quien la sostiene debe confiar antes en sí mismo.
El sedal. El hilo de la conversación, como el de pescar, determina el éxito de la captura. Cuando el hilo está “blando”, es decir, cuando prolongamos una conversación intrascendente, la relación pierde fuerza y la captura se vuelve más improbable. Sin embargo, un hilo de conversación tenso tampoco es favorable. Hay que tensar la cuerda con la suficiente sutileza para que el pez no se asuste y huya.
El anzuelo. Encarna la esencia de la seducción: aquello que nos “engancha” emocionalmente a la otra persona. Si buscamos relaciones duraderas, tendremos que poner en el anzuelo un alimento lo bastante nutritivo como para que el pez lo muerda.
Nuestra actitud con la caña, la calidad del sedal y lo que ponemos en el anzuelo son nuestras armas para pescar el amor, pero el momento de lanzar el anzuelo es la primera clave del éxito.
Así como una aproximación torpe y brusca asustará a los peces, una relación incipiente debe sustentarse en la naturalidad y no en la presión. Elegir un tema de conversación relajado, no intimidar al otro con una mirada demasiado penetrante, respetar la distancia de comodidad… Todos estos factores ayudan a que nuestro deseo se cumpla sin fricciones.
Aprender de los peces perdidos
Todo fracaso nos enseña importantes lecciones, mientras que el éxito sólo sirve para cegarnos” (Alex Rovira)
Muchos pescadores del corazón dejan de practicar el más excitante de los deportes a causa de malas experiencias del pasado. Personas que han vivido una ruptura traumática se vuelven desconfiadas y frías hacia potenciales parejas, lo cual no les ayuda precisamente a enderezar su situación.
En lugar de anclarse en el sentimiento de derrota y en el victimismo de frases como “todos los hombres son iguales”, la actitud positiva sería analizar en qué fallamos para no volver a repetir errores. Según el maestro pescador A. H. Chanton: “El pez que hemos perdido es el que se queda más tiempo en nuestra memoria, y es el que se fija en nuestro pensamiento cada vez que salimos de pesca. El pescado más imponente que podamos capturar se nos olvida tras ser devorado, pero el pez que después de una batalla feroz y gloriosa nos ha derrotado y nos ha dejado temblando de emoción, éste vivirá en nuestra memoria para siempre más”.
Al pensar en capturas perdidas, deberíamos plantearnos si aquello que hemos querido atrapar se encontraba dentro de nuestras posibilidades. Muchas almas románticas, por ejemplo, se empeñan en retener a compañeros rebeldes con pánico al compromiso, mientras rechazan otras posibles parejas que les podrían brindar estabilidad.
En este caso, merecería la pena plantearse el porqué de este autoboicoteo, ya que la persona que elige mal una y otra vez se obliga a fracasar inconscientemente. Detrás de este tipo de inercia puede ocultarse el miedo a vivir el amor en toda su intensidad.
Renunciar a lo que sabemos que no funciona y fijarnos en presas más cercanas y accesibles es un buen antídoto para el desamor.
Pescar en aguas profundas
“El amor es como una mariposa, que, cuando es perseguida, está fuera de tu alcance. Pero si te sientas en silencio es posible que se pose encima de ti” (Nathaniel Hawthorne)
En el arte de la pesca y en el de la seducción, precipitar las cosas equivale a perder la captura. Por una extraña química de opuestos, la persona amada suele huir del amante que pone sus cartas sobre la mesa.
Como el pescador que actúa con extrema suavidad para no ser notado, la persona que seduce debe hacer creer que su acercamiento es casual y no va más allá de lo amistoso. Esta ambigüedad creará en el otro la curiosidad de saber hasta dónde llega el interés de quien ha lanzado el discreto anzuelo.
A su vez, quien es objeto de las atenciones debe reaccionar con la misma ambigüedad, de modo que el pescador no dé la captura por segura. En el flirteo entre quien tira la caña y quien rodea el anzuelo se establece una comunicación que va a ser esencial para el futuro de la pareja.
El flirteo no tiene por qué ser sinónimo de frivolidad y engaño. Al contrario, es una oportunidad de comunicar nuestros sentimientos de forma sutil mientras leemos las señales que nos manda la otra persona. Cuando flirteamos con paciencia y respeto hacia el otro, vamos entendiendo paso a paso si nuestros caracteres son compatibles y si compartimos unos mismos intereses. Es, en suma, el arte de relacionarse con los demás y darse a conocer.
Para atrapar a un compañero con el que compartir nuestra pecera es conveniente aprender a pescar en aguas profundas. Tal vez la captura se demore un tiempo y nos vayamos a casa más de una vez con el corazón vacío, pero el pescador sabio sabe que la pieza más preciada, el amor de nuestra vida, suele llegar cuando menos se espera.

El efecto 'pastilla de jabón'
El crítico de arte Gelett Burgess declaró en una ocasión que “a los hombres les gusta perseguir a una mujer evasiva como una pastilla de jabón mojada en la bañera, incluso los que odian bañarse”. Las mujeres que deciden perseguir a un hombre corren el riesgo de ir contra la naturaleza masculina. Cinco millones de años de evolución han producido hombres cazadores, guerreros, conquistadores y, más recientemente, hombres de éxito que se ganan bien la vida. (…) “La mujer que entiende la naturaleza básica del hombre, lo que hace es atraerlo mientras le hace creer que es él quien la persigue. Si la mujer persigue al hombre de forma manifiesta, lo más probable es que él salga corriendo en la dirección contraria”. Steve Nakamoto.

Peces, sueños y otras artes
1. Libros
‘Los hombres son como peces’, de Steve Nakamoto (Obelisco).
‘Fragmentos de un discurso amoroso’, de Roland Barthes (Siglo XXI).
‘El arte de amar’, de Erich Fromm (Paidós).
2. Películas
‘Love Actually’, de Richard Curtis (Universal).
‘Sueños de seductor’, de Herbert Ross (Paramount).
‘Las dos inglesas y el continente’, de Françoise Truffaut (DeAPlaneta).
3. Discos
‘First Love’, de Emmy the Great (Close Harbour).
‘The Essential’, de Leonard Cohen (Columbia).
‘Love’, de Elvis Presley (Sony).


Fuente:

El Pais

10/08/09



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